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Las Mujeres Violadas en Libia Serán Asesinadas por sus Familias para Salvar el “Honor”


Los trabajadores humanitarios en Libia han indicado que las mujeres que han quedado embarazadas luego de ser brutalmente violadas durante el conflicto que vive el país, podrán ser víctimas de crímenes de honor, por lo que serán asesinadas por sus propias familias.


La Corte Penal Internacional ha expresado que cree que las fuerzas de Muammar Khadafi, y los rebeldes están utilizando la violación como arma de guerra.


Aunque las violaciones es un tema delicado en todo el mundo, en Libia es un asunto aún más tabú.


Asesinatos de "Honor" En Egipto.


Oficialmente, Egipto no padece “asesinatos de honor”; quizá muchas jóvenes se suicidan, pero no son asesinadas. Esta es la cantaleta del gobierno; una mentira, por supuesto.


Los archivos de Azza Suleiman y su Centro Egipcio para la Asistencia Legal a mujeres, y otras ONG de El Cairo dicen la verdad. En mayo de 2007, un granjero del sur del país decapitó a su hija al descubrir que ésta tenía novio. En marzo de 2008, un hombre identificado sólo como “Mursi” mató a golpes y mediante electrocución a su hija, por recibir la llamada telefónica de su novio.

 

Mursi, de la localidad de Kafr el Sheij, en el delta del Nilo, admitió haberla “golpeado con un palo grande” y rematarla con choques eléctricos. El asesinato se descubrió sólo cuando el cuerpo apareció en un hospital local.


El trabajo de Azza Suleiman incluye casos mucho más horribles. El incesto es un problema mayor cuando nadie lo discute, señala. Recientemente, un egipcio admitió haber matado a su hija porque estaba embarazada, y él era el padre. Fue un caso de incesto, y mató a su hija para defender el “honor” de la “familia”. Otras cuatro mujeres fueron asesinadas hace poco porque fueron violadas. La comunidad de cristianos coptos, que equivale a 10 por ciento de la población egipcia, se ha cerrado a la investigación de cualquier “asesinato de honor”, pese a que jóvenes cristianas han sido asesinadas por querer casarse con musulmanes.


Según Amal Abdelhadi, de la Nueva Organización de la Mujer, no existen cifras de crímenes de “honor” o incesto porque los casos nunca llegan a los tribunales. “Ahí es más fácil hablar de violación dentro del matrimonio”, dice. “He estado en casas donde toda la familia vive en un cuarto: los abuelos y los niños, la mitad de la familia duerme bajo la cama y lo escuchan todo. Son demasiados y están hacinados. Las mujeres jóvenes de la familia se tienen que casar, y por eso, si se cree que alguna se ha portado mal, se le puede matar con el argumento de que de otra forma ninguna de las demás chicas se casará. El asesinato “por honor” les libera el camino. Esto continuará hasta que dejen de ser consideradas objetos sexuales y se les respete como personas con cerebro”.


Los jueces egipcios se caracterizan por romper la ley, o ignorarla por completo, cuando se trata de asesinatos dentro de la familia. “Hubo un hombre sentenciado a seis meses de cárcel, sólo seis meses, por matar a su hermana”, dice Amal Abdelhadi. “¡Un juez decidió que dado que el hombre viviría el resto de su vida con la culpa de matar a su hermana inocente, no debía ir a prisión!”.


Están además las cortes egipcias. “En Líbano y Jordania tienen artículos en la ley que se aplican específicamente a los asesinatos de “honor”. Pero en Egipto se concede al juez una autoridad especial, según el artículo 17, y tiene facultad de aplicar la clemencia y reducir la sentencia, por ejemplo, de 25 años a sólo seis meses de prisión. La formación religiosa que suelen tener los jueces los afecta y pueden argumentar que el comportamiento de la víctima fue contrario a la tradición y, por tanto, el asesino, ya sea el padre o hermano, “reaccionó de manera natural”, lo cual motiva la indulgencia hacia los perpetradores.


“Sin embargo, nuestras estadísticas indican que 79 por ciento de las jóvenes que han sido víctimas de crímenes de ‘honor’ fueron asesinadas debido a una simple sospecha: llegaron tarde a casa, o porque los vecinos dijeron haberla visto reír a carcajadas en la calle”.


En Sohag y Assiut, al norte del país, Suleiman y sus colegas se han reunido con altos funcionarios policiales. “Encontramos que en sus actas convierten los asesinatos de “honor” en suicidios, porque creen que así ayudan a la familia de la víctima, aunque la familia haya cometido el crimen, con lo que los policías se convierten en cómplices”.


A la activista no le agrada la policía. “A veces tenemos tres o cuatro denuncias de incesto y recurrimos a la policía, logramos que los oficiales hablen con el hombre –cuando una mujer ha sido violada por su cuñado, por ejemplo–, pero si una mujer huye de su casa, en vez de protegerla, la policía la lleva de vuelta con sus familiares.


Suleiman aseguró que se niega a ONG extranjeras permiso de trabajar en Egipto si sus proyectos contienen observaciones “políticamente inaceptables”, incluso aquellas que tienen la misión de mejorar las relaciones entre mujeres cristianas y musulmanas. “La policía me llamó y me amenazó: ‘Te enseñaremos una lección’. Así que en una entrevista para un periódico declaré: ‘Los policías aquí son como perros salvajes’”. Desde entonces, frenaron todos nuestros proyectos. La policía me pidió que me disculpara y les contesté: “Lo que dije fue un error, los perros son mucho más agradables que la policía”.


El "Honor". Una Excusa para El Horror


Unas 20.000 mujeres son asesinadas por año en todo el mundo musulmán por haber "deshonrado" a sus familias.


Es una tragedia, un horror, un crimen de lesa humanidad. Los detalles de los asesinatos -de mujeres decapitadas, quemadas hasta la muerte, lapidadas, apuñaladas, electrocutadas, estranguladas y sepultadas vivas en nombre del "honor" de sus familias- son tan brutales como vergonzosos.


Muchas organizaciones de Medio Oriente y el sudeste asiático sospechan que el número de víctimas cuadruplica la última cifra de las Naciones Unidas, que consigna alrededor de 5000 muertes por año. La mayoría de las víctimas son jóvenes, muchas adolescentes, y son masacradas según una repugnante tradición que se remonta a cientos de años, pero que ahora rige en la mitad del planeta.


Una investigación de 10 meses de The Independent en Jordania, Paquistán, Egipto, Gaza y Cisjordania ha desenterrado espeluznantes detalles de los horrorosos asesinatos. También los hombres son ejecutados por el "honor" y, pese a que los periodistas han identificado esta práctica como una costumbre mayormente musulmana, las comunidades cristianas e hindú también han caído en crímenes semejantes.

 

De hecho, el "honor" (o "ird") de familias, comunidades y tribus trasciende la religión y la misericordia. Pero los grupos defensores de las mujeres, las organizaciones de derechos humanos y Amnesty International indican que la matanza de inocentes por haber "deshonrado" a sus familias crece año a año.


Las mujeres kurdas en Irak y las palestinas en Jordania, Paquistán y Turquía parecen ser las peores infractoras, pero la libertad de prensa en esos países posiblemente compense el secreto que rodea los crímenes por "honor" en Egipto -país que falsamente afirma que no hay ningún caso allí- y en otras naciones de Medio Oriente y el Golfo.


Pero los crímenes de honor ya se propagaron a Gran Bretaña, Bélgica, Rusia, Canadá y otros países. Las autoridades de seguridad y los tribunales de gran parte de Medio Oriente han prestado su connivencia para reducir o derogar las sentencias por el asesinato familiar de mujeres, con frecuencia clasificando los casos como suicidio.


¿Cómo se podría reaccionar ante un hombre -y esto ha ocurrido tanto en Jordania como en Egipto- que viola a su propia hija y después, cuando queda embarazada, la mata para salvar el "honor" de su familia?
¿O ante el caso del turco, padre y abuelo de la provincia de Adiyaman, que en febrero sepultó viva a su hija Medine Mehmik, de 16 años, por "entablar amistad con muchachos"? El cuerpo fue encontrado 40 días después, de cuclillas y con las manos atadas.


¿O ante el caso de Aisha Duhulow, de 13 años, que en Somalia, en 2008, fue arrastrada frente a miles de personas hasta un agujero para ser enterrada hasta el cuello y lapidada por 50 hombres por cometer adulterio?

 

Al cabo de diez minutos, la desenterraron y, al advertir que aún vivía, fue vuelta a enterrar para continuar la lapidación. ¿Su delito? Había sido violada por tres hombres y, fatalmente, su familia decidió informar el hecho a la milicia Al-Shabab.


¿O el caso del "juez" islámico, también de Somalia, que anunció en 2009 la lapidación de una mujer por haber tenido un affaire? Su amante sólo recibió un castigo de 100 latigazos.


Para que estos actos -y las víctimas- no sean olvidados, ofrecemos el relato de los sufrimientos de apenas un puñado de mujeres, elegidas al azar, país por país, crimen tras crimen.


En marzo, Munawar Gul baleó y mató a su hermana de 20 años, en Saanga, Paquistán, junto con el hombre del que sospechaba que mantenía "relaciones ilícitas" con ella.


En agosto de 2008, en Beluchistán, cinco mujeres fueron sepultadas vivas por "crímenes de honor": tres de ellas -Hameeda, Raheema y Fauzia- eran adolescentes que, tras haber sido golpeadas y baleadas, fueron arrojadas con vida a una zanja, donde luego fueron cubiertas con piedras y tierra. Cuando las dos mujeres mayores, de 45 y 38 años, protestaron, sufrieron el mismo destino. Las tres más jóvenes habían intentado elegir a sus esposos.


Israr Ullah Zehri, senador y miembro del Partido Nacionalista de Baluchistan, ha justificado ante el Parlamento Pakistaní el acto de barbarie cometido en su región como castigo a su osadía por pretender la libertad de escoger marido y no someterse dócilmente a matrimonios forzosos.


El tipo lo ha justificado alegando que se trata de una benemérita tradición que merece ser defendida y que sólo los inmorales lamentan la existencia de ese tipo de castigos. Así están las cosas en Pakistán.
En el Parlamento paquistaní, Israr ullah Zehri aludió a los asesinatos como parte de una "tradición de siglos" que él mismo "seguiría defendiendo".


Aún más indignante, la violación también se emplea como castigo en los crímenes de "honor". En 2002, en el Punjab, un "jurado" tribal alegó que un chico de 11 años de la tribu gujar, Abdul Shakoor, había caminado sin compañía con una mujer de 30 años de la tribu mastoi, hecho que "deshonró" a los mastoi.

 

Los ancianos decidieron que para "devolverle" el honor a la tribu, la hermana de 18 años del chico, Mukhtaran Bibi, debía ser violada grupalmente. El padre de la joven obedientemente llevó a la joven ante este "jurado".


Cuatro hombres, incluyendo un miembro del jurado, la arrastraron hasta una choza y la violaron mientras unos 100 hombres los aclamaban. Pasó una semana antes de que se registrara el delito como "queja".


«Yo, Mukhtaran Bibi, la hija mayor de mi padre, Ghulam Farid, perdí la conciencia de mí misma, pero nunca olvidaré las caras de aquellos brutos. Para ellos, una mujer no es más que un objeto de posesión, de honor o de venganza. Se casan con ella o la violan según su concepción del orgullo tribal. Saben que una mujer humillada así no tiene otra salida más que el suicidio. Ni siquiera necesitan utilizar sus armas. La violación la mata. La violación es el arma suprema. Ni siquiera me pegaron, estaba a su merced de todas formas, con mis parientes bajo su amenaza y mi hermano en la cárcel. No podía librarme y no me libré.


Yo no les concedo mi perdón, ni mucho menos, pero intento explicar a los extranjeros, que me acribillan a preguntas, cómo funciona la sociedad del Penjab, una provincia donde el crimen de honor desdichadamente es corriente. He nacido en un país, estoy sometida a sus leyes y no ignoro que, como todas las demás mujeres, pertenezco a los hombres de mi familia, como si fuese un objeto con el que pueden hacer lo que quieran. La sumisión es de rigor. La verdadera pregunta que mi país debe plantearse es muy simple: si la mujer es el honor del hombre, ¿por qué quiere violar o matar este honor?» 

 

Los ataques con ácido también son frecuentes. The Independent consignó en 2001 el caso de Bilal Khar, de Karachi, que le arrojó ácido a la cara a su esposa Fakhra Yunu cuando ella lo dejó para volver a la casa de su madre. El ácido le fundió los labios, le quemó todo el pelo, los pechos y una oreja y convirtió su rostro en "una masa de goma quemada".


Hace más de 10 años, la Comisión de Derechos Humanos de Paquistán registraba un promedio anual de 1000 asesinatos de "honor". Pero si Paquistán parece tener el récord de crímenes de "honor" -y recordemos que muchos países afirman falsamente que no cumplen con esa tradición-, Turquía seguramente ocupa un segundo puesto muy próximo. Entre 2000 y 2006, 480 mujeres -20% de ellas de entre 19 y 25 años- fueron asesinadas por crímenes de honor. Otras estadísticas turcas revelan que por lo menos 200 mujeres son asesinadas por "honor" anualmente. Estas cifras se consideran ahora una enorme subestimación.

 

Muchos de los asesinatos se produjeron en las áreas kurdas, pero el asesinato de "honor" de mujeres no es exclusivamente un crimen kurdo. En 2001, Sait Kina mató a puñaladas a su hija de 13 años por hablar con chicos en la calle. La atacó en el baño con un hacha y un cuchillo. Cuando la policía halló el cadáver, descubrió que la cabeza había sido tan mutilada que la familia se la había atado con un pañuelo. Kina le dijo a la policía: "Cumplí con mi deber".


Con Aceite Hirviendo


El activista británico kurdo Aso Kamal, de la Red Dooa Contra la Violencia, cree que entre 1991 y 2007 fueron asesinadas 12.500 mujeres por razones de "honor" solamente en las tres provincias kurdas de Irak.


Muchas familias ordenan a las mujeres que se suiciden quemándose con aceite hirviendo.


En los territorios palestinos, Human Rights Watch ha acusado desde hace tiempo al sistema policial y judicial por el fracaso casi total de la protección de las mujeres de las matanzas de "honor".


Consideremos, por ejemplo, el caso de la chica de 17 años que en 2005 fue estrangulada por su hermano por haberse embarazado... de su propio padre, que también estuvo presente durante el crimen.


Hasta en el liberal Líbano se han producido asesinatos de "honor", el más notorio el de una mujer de 31 años, Mona Kaham, cuyo padre le cortó la garganta tras enterarse de que había quedado embarazada de su primo. No resulta sorprendente que una encuesta revelara que el 90,7% de los libaneses se oponían a los asesinatos de "honor". Entre los pocos que los aprobaban, varios creían que contribuían a limitar los matrimonios interreligiosos.


Las disputas tribales suelen provocar asesinatos de "honor" en Irán y Afganistán. En Irán, por ejemplo, un funcionario de la provincia étnica árabe de Juzestán afirmó en 2003 que 45 jóvenes habían sido asesinadas en ejecuciones de "honor" en dos meses. Todas fueron ejecutadas porque se negaron a acceder a un matrimonio convenido, por no respetar el código de vestimenta islámico o por tener contacto con hombres.

 

A través del oscuro velo de los castigos de las aldeas afganas, atisbamos ocasionalmente el terror de las ejecuciones de adolescentes. Cuando Siddiqam, de apenas 19 años, y su novio Jayyam fueron llevados este mes ante un tribunal religioso aprobado por los talibanes en Kunduz, sus últimas palabras fueron:


"Nos amamos, pase lo que pase". En la plaza del mercado de Mulla Quli, una multitud -que incluía a familiares de ambos jóvenes- lapidó a ambos.


Y también a "Occidente", como nos gusta llamarlo, las familias inmigrantes han traído a veces, en su equipaje, las crueles tradiciones de sus aldeas: un inmigrante azerí fue enjuiciado en San Petersburgo por contratar a alguien para matar a su hija porque la joven "había desobedecido la tradición nacional" poniéndose una minifalda; cerca de la ciudad belga de Charleroi, Sadia Sheikh fue asesinada de un balazo por su hermano por haberse negado a casarse con un paquistaní elegido por su familia; en Toronto, Kamikar Kaur Dhillon le cortó la garganta a su nuera, Amandeep, porque quería separarse del marido -un matrimonio convenido-. Dhillon le dijo a la policía que esa separación "deshonraría el apellido".


Estos son tan sólo algunos asesinatos, unos pocos nombres, una pequeña selección de historias horrorosas que ocurrieron en todo el mundo, con el propósito de demostrar la penetrante infección de algo que debe reconocerse como un crimen masivo, una tradición de salvajismo familiar que no admite ninguna intervención piadosa, ninguna ley estatal, y que rara vez provoca algún remordimiento.